Crisis de los refugiados, crisis de Europa

La aprobación del retiro del Reino Unido de la Union Europea obliga a repensar este proyecto. ¿Y ahora qué? ¿Qué hacemos con la Unión Europea?

Por: Joaquin Aparicio Tovar Mié, 08/31/2016 - 12:53
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Foto: tomada de ...

Esta foto fue publicada en diferentes periódicos del mundo en septiembre de 2015 y provocó una conmoción ver a ese policía turco que llevaba en sus manos el cadáver un niño sirio ahogado cuando con su familia trataba de llegar a Europa. Aquella tragedia no ha cesado. Desde entonces otros muchos niños, niñas y personas adultas han muerto en el Mediterráneo en iguales condiciones y su habitualidad parece que está embruteciendo la sensibilidad de la ciudadanía europea. En esa imagen la fragilidad del cuerpo del niño parece convertirse en un peso insoportable para el fornido policía y dio pié al escritor neerlandés Cees Nooteboom para compararla con el cuadro del Bosco, San Cristóbal con el niño Jesús, en el que un gigantón, que parece abrumado por un peso excesivo, lleva en sus hombros a un niño para hacerle cruzar un rio, pero en el caso de la fotografía “el niño era demasiado pesado para Europa, porque Europa no existe. Fue incapaz de llevar a ese niño” (El Bosco. Un oscuro presentimiento, Siruela, 2016).

La crisis de los refugiados ha evidenciado el fracaso y desastre en el que se ha convertido la Unión Europea, que si una vez aspiraba a ser “una unión cada vez más estrecha entre los pueblos de Europa” y un espacio en el reinase la paz merced al reconocimiento y tutela de los  derechos humanos y en especial de los derechos sociales, se ha convertido en otro en el que campa la desigualdad, la insolidaridad y la xenofobia. Pero todo eso no ha sido producto de la casualidad, sino del abandono del impulso ético que latía en los inicios del nacimiento de las Comunidades Europeas como reacción a los dramas de las guerras que en el siglo XX asolaron el continente. Se dice que la ciudadanía europea siente cada vez un mayor desapego por las instituciones de la Unión ¿Cómo no va a ser así cuando Bruselas se ha convertido en una sentina del capital financiero? Un capital a cuyo servicio se han puesto la mayoría de los representantes  políticos degradando el valor y la esencia de la democracia de la que tan orgullosa se sentía en otro tiempo Europa al inventar la fórmula del Estado Social y Democrático de Derecho. Ahora el presidente de la Comisión publicita una revitalización del pilar social, pero no tiene credibilidad alguna, es solo un intento de salir al paso de la cada más grande falta de legitimidad de sus políticas.

El proceso de integración europea se frenó a partir de Tratado de Amsterdam, en 1997, y el giro hacia la renacionalización y el intergubernamentalismo se consolida desde el Tratado de Niza, en 2001, junto con la adopción de políticas neoliberales, producto de la agresividad desatada por las oligarquías económicas contra las clases trabajadoras. Todo ello ha provocado que frente a la crisis de 2008 la Unión no supo actuar con una voz única y cuando lo hizo fue para hacer recaer sobre los más débiles de su población las consecuencias de los desmanes del capital financiero.
 

El retiro del Reíno Unido de la Unión Europea.

El referéndum británico sobre el abandono de la Unión es producto de ese aumento del nacionalismo y la xenofobia y la falta de atractivo del proyecto integrador europeo, cuyo resultado no puede dar lugar a que se abandonen los más nobles ideales que una vez tuvo aquel proyecto. Un proyecto que, a pesar de todo, es la mejor alternativa para garantizar la vida decente a las personas que habitan en este rincón del mundo y puede ser ejemplo en todo el planeta para poner coto a los desmanes del capital globalizado y su proyecto neoliberal. Para eso es necesario que los trabajadores de Europa reviertan la actual situación y establezcan puentes de solidaridad con los trabajadores de otros lugares del mundo para que la mejora de sus condiciones vitales elimine los factores de expulsión (guerras, persecuciones o simplemente hambre) que llevan a tantas personas a abandonar sus casas, sus ciudades, sus seres queridos y convertise en refugiados a los que Europa rechaza.

El retiro del Reino Unido de la Unión Europea era previsible. La reacción de una parte de los medios de persuasión dominantes frente a la victoria de la opción por el abandono del Reino Unido de la Unión Europea en el pasado referéndum ha sido  aprovechar la ocasión para atacar a las fuerzas de izquierda que ponen en cuestión la políticas de la austeridad y la falta de democracia en la Unión, metiéndolas en el mismo saco con los partidos de extrema derecha antieuropeistas y xenófobos.  Al mismo tiempo, de forma un tanto contradictoria, alaban las “virtudes británicas”, casi como lo hacen algunas fuerzas ultranacionalistas que propugnaban aquel abandono.  Por otro lado no dejan de reconocer que son necesarios profundos cambios para recuperar el proyecto europeo y para ello apelan a los lideres actuales a ponerse manos a la obra. Pero hay que aclarar varias cosas, como, entre otras, definir el proyecto integrador europeo, encarar  el arrastrado por años “déficit democrático”
, y quienes tienen que liderar el nuevo proyecto.

Sobre la primera de las cuestiones es conveniente recordar que el Reino Unido se sumó al proyecto europeo en 1973 y desde entonces ha sido un socio incómodo, egoísta y retardatario o directamente boicoteador de “una unión más estrecha entre los pueblos de Europa”. En el nacimiento de las Comunidades Europeas, allá por 1951, el Reino Unido no quiso formar parte de las mismas que, siendo una unión funcional en torno a objetivos concretos, implicaban una cesión de competencias soberanas desde los Estados a las recién creadas instituciones supranacionales, sino que por el contrario impulsó la creación de una zona de libre cambio (la EFTA) que no repugnaba incluir en su seno al Portugal de la dictadura salazarista. Pero la EFTA fracasó y las Comunidades Europeas fueron un éxito cuyo magnetismo atraía más y más socios. En importante medida ese magnetismo tenía mucho que ver con el impulso ético que animó el proyecto de integración europea: la paz y el reconocimiento de derechos sociales, el respeto por el Estado Social y Democrático de Derecho, que convivía, no sin tensiones, con los objetivos económicos de construir un mercado interior sin fronteras. Ese impulso ético era producto de la correlación de fuerzas entre las clases sociales europeas traumatizadas por la experiencia de la primera y la segunda guerra mundial, de la que la guerra civil española fue el prólogo. Desde la caída del muro de Berlín el proyecto europeo ha ido desdibujándose en un claro desequilibrio a favor de las libertades económicas frente a los derechos sociales pareciéndose, cada vez más y poco a poco, a una zona de libre cambio comercial. Bruselas, hay que repetirlo, se ha convertido en una sentina del capital financiero. Por ahí es por donde hay que empezar la reconstrucción para que la Unión sea espacio de solidaridad mediante el respeto y defensa de los derechos humanos, en especial de los derechos sociales. Los movimientos xenofóbicos y nacionalistas tendrían la hierba segada bajo sus pies cuando los trabajadores de Europa viesen que Bruselas es la proa en defensa del trabajo y la protección social decente frente al capital globalizado, que a través de tratados como el TTIP o el TiSA quiere imponer sus reglas.

Esa reconstrucción no puede hacerse de forma oculta a espaldas de la ciudadanía. Las élites europeas se han acostrumbrado en estos años a funcionar sin transparencia, blindadas por un entramado burocrático que aleja los controles democráticos,  a pesar de los intentos del Parlamento Europeo. Los ejemplos son muchos, pero basta citar que el llamado eurogrupo, cuyas decisiones son de extremada importancia para la vida de los ciudadanos, funciona prácticamente sin reglas y toma sus decisiones en secreto.

En la prensa oficial se les pide a los lideres políticos de Europa que se pongan a la obra para reverdecer el proyecto europeo, pero esos mismos líderes no están legitimados para ello después de haber llevado a la Unión Europea al estado en que se encuentra por su sometimiento servil a los intereses del gran capital globalizado, en el que también participan capitalistas europeos. La crisis de 2008 mostró el fracaso del modelo neoliberal pero la UE no fue capaz de dar una respuesta que no haya sido más neoliberalismo con el consiguiente aumento de desigualdad, pobreza,  precariedad y exclusión social. Otros lideres europeos deben conducir el proyecto integrador de una nueva Unión Europa que sea ejemplo para un orden mundial respetuoso con el medio ambiente, la igualdad, la libertad, la solidaridad y la justicia social, pues sigue siendo válido lo que la Constitución de la Organización Internacional del Trabajo pregonaba en 1919, que la paz mundial solo es posible si se construye sobre la justicia social.

Es de lamentar que el 52 % de los británicos no quieran participar de esta hermosa aventura, pero nadie puede ser obligado a ello, porque solo con socios fiables se puede emprender ese camino.  ¡Allá ellos!